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Debido a la importancia que le damos al miedo de los perros en su comportamiento y en la relación con las personas y su entorno, hemos tratado (y seguiremos tratando) este tema en distintas publicaciones pero, tras nuestra última entrada en la que hablábamos también del caso contrario (miedo de las personas a los perros), hemos recibido algunas preguntas y comentarios que nos hacen pensar que puede ser bueno dejar una serie de ideas generales que ayuden a la gente a mejorar la relación con sus perros.

Y serán “solo” ideas generales porque para tratar el miedo habrá que adaptarse a cada caso concreto y creemos que es mucho mas útil coger unas pocas ideas fundamentales que dar “soluciones universales” que finalmente acaban no siéndolo (cuando lo hemos hecho en alguna publicación, con algún tema específico, no nos ha gustado el resultado, porque son pautas que suelen funcionar pero no siempre lo hacen, porque es fácil no explicar exactamente lo que uno quiere decir o que el otro lo malinterprete, porque la ejecución puede no ser buena, etc.).

Para empezar tenemos que decir que, en nuestra opinión, nunca deberíamos forzar a ningún perro y mucho menos a un perro con miedo. Sí, ya sabemos que en el mundo real a veces es difícil (por ejemplo, cuando necesitamos capturar a un perro que está en peligro),  pero la mayor parte de las veces sí lo podemos evitar. Solo hay que tener calma, paciencia, prevenir y/o preparar situaciones, etc. Si hubiese que “forzar” al perro, al menos deberíamos intentar que hacerlo no sea traumático para él y que dure el menor tiempo posible.

Las primeras impresiones cuentan. Si un perro con miedo entiende desde el primer momento que le respetas, que se puede comunicar contigo que le entiendes… tendrás mucho ganado. Siempre se está a tiempo de reconstruir una relación, pero si lo hacemos desde el principio, será todo mas fácil para el perro y para nosotros (y además será mas bonito….).

La prisa mata y a los perros con miedo les remata. Un perro con miedo puede requerir (o no) mucho tiempo para confiar realmente en nosotros pero, en ningún caso, deberíamos ser nosotros los que forzásemos la situación. Hay que tener paciencia. Muchas veces ni siquiera somos conscientes de que el perro no confía del todo en nosotros porque se acerca para que lo acariciemos o “se pone muy contento cuando nos ve”. Estamos de acuerdo en que, si un perro está acostumbrado a que le den palos todos los días, solo con que no se los demos, acabará teniendo cierta confianza en nosotros pero si habitualmente o incluso de forma alterna, le forzamos o le metemos en situaciones que no sabe gestionar, esa confianza nunca será completa. Por el contrario si no forzamos al perro, si  lo hacemos todo de forma progresiva, si le sacamos de las situaciones que no puede gestionar, si el perro percibe que le entendemos cuando se comunica con nosotros, etc. estaremos sentando las bases de una relación sólida, sin fisuras, basada en el respeto y la confianza. A continuación, un par de ejemplos entrelazados con los que creemos que se entenderá mejor lo que queremos transmitir:

Hace dos semanas acogimos a Mona, una preciosa cachorra de Mastín (en adopción en Hoope.org), que, en sus diez meses de edad, no había conocido nada mas allá de los límites de la finca en la que vivía (como consecuencia de ello tiene miedo a las personas, a los coches, los ruidos…). Mucha gente que nos cruzábamos por la calle, cuando la veían con miedo o les pedíamos que, por favor, no se acercasen mas porque tenía miedo a las personas, nos decía que lo mejor que podíamos hacer era acostumbrarla a la gente, al tráfico, etc. cuanto antes pero creemos que eso es exactamente lo peor que podríamos haber hecho. Porque eso sería como asumir que la perra tiene miedo porque quiere y que nosotros no podemos hacer otra cosa para ayudarla que llevarla corriendo de un sitio a otro para que acumular el mayor número de experiencias posible. A pesar de que la presentación no fue tan buena como nos hubiese gustado (demasiadas prisas, subirla en el coche….) estamos seguros de que Mona tardó poco en ver que no tenía mucho que temer y que podía confiar en nosotros. Ya habíamos puesto la primera piedra para construir su recuperación…

¿A alguien se le ocurriría pensar que la solución para que, por ejemplo, una persona venza su miedo a las serpientes es que se meta en una habitación llena de ellas, día tras día? Esperamos que no, porque una cosa es enfrentarnos a nuestros miedos y otra cosa es que nos “inunden” con ellos. Si pusiésemos en marcha esta “solución”, es mas que probable que la experiencia sea tan traumática que empecemos a anticipar y a tener pánico cada vez que nos aproximemos a esa habitación o intuyamos que vamos a tener que entrar en ella. Si lo repetimos día tras día ¿puede ser que nos acostumbremos? Puede ser que en algún caso sea así pero, además de que creemos que a nadie le gustará mucho la experiencia, es mas que probable que por el camino suframos un bloqueo, nos de por huir de la situación, una crisis de ansiedad, un infarto, nos volvamos agresivos…, es decir, que acabemos teniendo problemas mas graves que los que pretendíamos evitar.

¿Y si fuese una persona la que día tras día nos llevase a esa situación? Si es un desconocido, probablemente el primer día nos resistiríamos a entrar en la habitación y el segundo, una vez sabido lo que nos espera, intentaríamos huir o enfrentarnos a él con toda nuestras fuerzas. Si fuese alguien conocido, el primer día te podría engañar o forzar pero difícilmente decidirás entrar allí por tu propia voluntad y mucho menos el segundo o el tercer día que “te la intente colar”…. Tampoco creemos que la relación con él se fuese a ver, precisamente, fortalecida… ¿Y si se trata de una persona a la que quieres y en la que confías mucho? Puede ser que durante un tiempo sigas confiando en ella porque pienses que está haciendo lo mejor para ti, sobre todo si esa mala experiencia se ve alternada con otras buenas. Pero, sin duda, llegará un día en el que dejarás de hacerlo o, al menos, dejarás de hacerlo al cien por cien ¿por qué? porque no sabrás si ese día toca experiencia positiva o experiencia negativa. Y, en esa relación, cada vez pesará mas el miedo a tener  otra experiencia negativa…

Con los perros pasa exactamente lo mismo pero, generalmente,  no somos capaces de verlo. Como humanos, nos cuesta pensar que ese animal que hemos introducido en nuestra vida pueda tener miedo y que no sea capaz de superarlo… ¡Con lo que le queremos y lo bien que le tratamos!  Pero no pensamos que a lo mejor nuestro perro no está preparado para enfrentarse a estos miedos y que nosotros le estamos obligando a hacerlo. Incluso cuando llevamos años compartiendo nuestra vida con él, llegamos a la conclusión de que es un problema irresoluble (resolvemos que se trata de un perro miedoso y como hemos notado mejoría desde que le integramos en nuestra vida, decidimos quedarnos ahí…), siendo incapaces de pensar que, a lo mejor, llevamos años sometiéndole a situaciones que es incapaz de manejar, aunque, como hacen casi todos los perros, lo disimule bastante bien… ¿como sabrá ese perro que tiene miedo a las personas si ese día toca paseo relajado o paseo de sufrimiento? (en función de la gente con la que se encuentre, la que intente tocarle, etc.) ¿que pasará cada vez que ese perro al que asusta el tráfico escuche un coche, si le hemos estado sometiendo cada día a una tortura que no es capaz de soportar? Si habéis visto claro el ejemplo de la habitación llena de serpientes, seguro que también entenderéis que por mucho que el perro lo enmascare a base de esfuerzo, el miedo está ahí y la confianza que tenga en nosotros podrá ser buena, regular o mala, pero seguro que será menor que la que tendría si no lo hubiésemos obligado a enfrentarse a ese miedo “a lo bruto”.

Agresividad, conductas evasivas, ansiedad por separación, ladridos excesivos, hiperactividad, apatía… Todos los problemas de comportamiento que se te ocurran, pueden tener su origen en un miedo mal gestionado. Vivimos en un mundo difícil y muchas veces hostil para las personas. Imaginaros lo que puede suponer para un perro (mas aún si ha sido maltratado). Todos podemos colaborar en hacerles este mundo un poquito mas amable. Seguramente, si vives en una gran ciudad, encontrarás dificultades para evitar hacer sufrir a un perro con miedo a los coches, pero siempre se pueden hacer cosas (muchas). Desde la elección del perro, en función de nuestras circunstancias y nuestro estilo de vida, hasta planes de reducción de estrés, elección de horario, duración y recorrido del paseo, el tratar de cambiar una percepción negativa por una positiva, la utilización de camisas antiestrés,  cambios en la alimentación…etc.

Como decíamos al principio de esta publicación lo mas importante es entender que siempre deberíamos tratar un problema de miedo de forma progresiva e integral, “escuchando” a nuestro perro y anticipando o preparándonos para los problemas. Por contra, exponer a nuestro perro al miedo “en bruto”, sin ningún tipo de miramientos, afectará negativamente a su comportamiento y a su relación y vínculo con nosotros y el resto de su entorno.

Conoce a tu perro, aprende a comunicarte con él, haz un ejercicio de empatía e intenta protegerle a la vez que le ayudas a avanzar y superarse, tal y como te gustaría que hiciesen contigo…. Son solo unas ideas generales pero ¿realmente necesitamos saber mucho mas?

Y recuerda lo más importante…. ¡¡No te olvides de disfrutar de tu perro!!

Puedes ver todas nuestras publicaciones siguiendo este enlace.

Tango, el abuelito de la foto, no ha tenido mucha suerte en sus diez años de vida y teme pasar sus últimos años en una jaula. Es un perro estupendo que todavía puede dar muchas alegrías a quien lo adopte. Si quieres ayudarle y darle el amor que se merece puedes ponerte en contacto con Hoope:

 

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