autocontrol y perros_dogminancia

La semana pasada hablábamos de la necesidad de ser autocríticos para solucionar problemas con nuestros perros y mejorar la relación con ellos. Hoy vamos a hablar de otro “auto” que, desde nuestro punto de vista, es, al menos, igual de importante: el autocontrol.

La relación de las personas con los perros suele estar muy enfocada en el control (no dejarles acercarse a determinadas cosas, interferir en sus relaciones con perros y personas, limitar lo que comen, donde duermen, etc.) y en el autocontrol del perro (hay que conseguir que el perro camine junto a nosotros todo el rato, no se aleje a saludar a otros perros, no coma nada sin nuestro permiso, etc.).

Mientras tanto, nosotros, la especie inteligente, esos reyes del universo que miran al resto de las especies por encima del hombro, vamos por la vida gritando a nuestros perros, dándoles toquecitos, sobresaltándonos a cada suceso que se escapa de nuestro control…

Sin ninguna duda, un buen punto de partida sería no exigir nunca a nuestros perros más que a nosotros mismos. Una buena relación debería ser una relación justa y “equilibrada”, en la que no sea necesario andar midiendo quien da más pero también en la que no haya una parte que de mucho más que la otra ya que, si una de las partes se siente tratada de forma injusta, se siente desatendida, forzada, etc., inevitablemente, comenzarán los problemas.

Es realmente sorprendente que una especie como la nuestra exija tanto autocontrol al resto de los animales ya que, aunque nos gusta pensar lo contrario, las personas no nos caracterizamos, precisamente, por nuestro autocontrol, como demuestran esas comidas que van mucho más allá de la simple alimentación, esas compras que realizamos de forma totalmente irracional y compulsiva, esa agresividad que demostramos cuando conducimos en las grandes ciudades…

Es ahí donde está la paradoja: perros a los que se exige un gran autocontrol, acompañados por personas que carecen de él y, sobre todo, que no tienen mucho interés en mejorarlo…

Y es que, aunque centrarse en el perro parece un camino mucho más fácil que trabajar en uno mismo, normalmente, acaba volviéndose en nuestra contra y convirtiéndose en el camino más difícil, simplemente, porque rara vez acaba convirtiéndose en el camino correcto. Y, ojo, nosotros no decimos que no se pueda o no se deba trabajar con el perro. Lo que decimos es que, como poco, se deberán dividir o equiparar los esfuerzos. Ejemplo:

Tenemos un perro con miedo a otros perros y queremos que deje de tenerlo. Curiosamente, cuando él ladra, nos enfadamos, le regañamos e intentamos controlar lo que hace, por supuesto, sin ningún resultado positivo. Sin embargo, si le dices a la persona que le acompaña que “leyendo al perro” podía haberlo evitado mucho antes de que ocurriese, que ese tironcito de correa es el que ha desencadenado todo, que con su cara de tensión estaba transmitiendo al perro que tenía algo que temer, que sus gritos no hacen mas que empeorarlo todo, etc., esa misma persona que demuestra un nivel de exigencia enorme con su perro, comienza a buscar todo tipo de excusas para evadir cualquier tipo de responsabilidad y bajar el nivel de exigencia al mínimo, muchas veces, hasta el punto de autoconvencerse de que lo que ha escuchado no son más que tonterías, para poder seguir haciendo lo mismo que hacía sin ningún tipo de remordimiento; por supuesto, culpando de todo al perro.

Machacamos psicológicamente a los perros con tantas normas, tanto control sobre ellos y tanta exigencia de autocontrol. Incluso nos enfadamos cuando no lo consiguen y, por ejemplo, chupan el helado de ese niño que, claramente y sin él saberlo, se lo está ofreciendo (solo hay que hacer el pequeño esfuerzo de tratar de ponernos en el lugar del perro). En paralelo nosotros vamos por la vida sin ningún tipo de autocontrol y cargando las tintas en el perro, lo que nos permite no asumir ninguna culpa cuando no hacemos lo que tenemos que hacer (ese grito cuando algo nos asusta; ese intento de retenerlo, cuando creemos que se nos va a escapar y que, curiosamente,  es el que desencadena la huida; esa llamada furiosa cuando necesitamos que el perro venga y tememos que no vaya a venir, esa tensión corporal que pone a nuestro perro en alerta… )

Pero ese intento de sentirnos mejor y de trabajar menos, nos mete en una espiral complicada en la que el perro cada vez está peor, nosotros cada vez nos frustramos más, nos sentimos mas impotentes, etc. El aparente mayor esfuerzo por nuestra parte, que implica comenzar a trabajar en nuestro autocontrol, al final acabará siendo un esfuerzo insignificante y mucho más gratificante que pasarnos el resto de nuestros días tratando de controlar a nuestro perro, riñéndole, sin ver ningún tipo de avance, etc.

En resumen, si dejamos de controlar tanto a nuestros perros y de exigirles un autocontrol que nosotros no seríamos capaces de soportar y comenzamos a dedicar más esfuerzos a trabajar en nosotros mismos y mejorar nuestro autocontrol, obtendremos perros más capacitados para entregarnos cosas buenas y personas mas capacitadas para entregar cosas buenas a sus perros… ¿No os suena realmente bien?

Y recuerda lo más importante….¡No te olvides de disfrutar de tu perro!

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Popeye, el perrete de la foto, lleva demasiado tiempo esperando que aparezca alguien que se lo lleve a casa para siempre. Si quieres darle la oportunidad que se merece, puedes ponerte en contacto con Hoope.org:

2 comments

  1. Y cuando te piden consejos y los das por qué quieres ayudar, te dicen,»como voy yo a hacer eso, no, ya se Le pasará» «en fin, si hay que sacrificarse un poco por el perro y dormir con el en el garaje por que tu padre no lo deja entrar en casa, pues se hace y punto. Eso después de cuatro años viviendo en casa con ellos.

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