perro pelota_dogminancia

Junkie parecía el perro más feliz del mundo. A sus seis años, parecía tener la vida soñada por muchos perros: una familia que le adoraba e intentaba cubrir todas sus necesidades, una casa con jardín al lado del campo, donde salía todos los días a dar un paseo… Junkie era todo energía y parecía que los años no pasaban por él ¡¡Tenía la vitalidad de un cachorro!!

Pero, en el fondo, Junkie no era tan feliz. El pequeño se pasaba el día entero alerta, esperando que alguien le lanzase una pelota. Su familia había visto en la tele que para tener un perro feliz había que cansarle y que una buena forma era lanzarle la pelota. Además, a Junkie le encantaba que se la tiraran, por lo que volvía una y otra vez para suplicar que lo hicieran de nuevo  ¡era tan gracioso!

Todo comenzó en los paseos, cuando aún era un cachorro y empezaron a tirarle la pelota. Al principio no le motivaba demasiado y, normalmente, no iba a por ella pero cada vez que lo hacía le daban algún premio y/o le recibían con mucho entusiasmo así que Junkie en seguida entendió lo que ellos esperaban de él y aquella pelota, poco a poco, se fue convirtiendo en el centro de su pequeño universo…

Poco a poco, aquella motivación de ir a por la pelota para conseguir un premio se fue transformando en obsesión y en una fuente de estrés, mientras que, paradójicamente, su familia pensaba que le ayudaba a soltar energía y estar más relajado. Además, aquella pelota se había convertido en la mejor forma de controlar a su perro (era la única forma de la que obedecía cuando le llamaban, le pedían que se estuviese quieto, etc.)

En un primer momento, Junkie solo se activaba cuando sabía que iba a empezar el juego y, entonces, comenzaba a hacer mil monerías para conseguir que se la tirasen cuanto antes (saltaba, giraba sobre si mismo, gimoteaba…) y, sorprendentemente ¡¡funcionaba!!

Poco a poco, Junkie, empezó a solicitar que le tirasen la pelota en cualquier momento del día (cuando estaban viendo la televisión se la llevaba e insistía hasta que se la tiraban, cuando venían visitas, cuando quería que se despertasen…). Por supuesto, ya no necesitaba que le recompensasen con ningún premio. La pelota era mejor aliciente que cualquier otra cosa.

Y seis años después, Junkie veía pelotas por todas partes. Si alguien se metía la mano en el bolsillo, él iba para allá a pedir que le tirase la pelota, que alguien levantaba la mano, pelota… que estaba durmiendo y alguien se movía de forma que él pensaba que iba a comenzar el juego, pelota…

Aquello que empezó como un juego y una forma de cansar a Junkie para que, supuestamente, estuviese más tranquilo en casa, se había convertido en un problema, en una obsesión constante que hacía que estuviese, permanentemente, en estado de alerta, incapaz de calmarse en ningún momento. Sin embargo, nadie reparaba en que esa pelota pudiese estar haciéndole daño sino que, por el contrario, pensaban que Junkie era un perro vivaracho e incansable al que aquella pelota ayudaba a mantenerse mas calmado y tranquilo…

Moraleja: Lanzar la pelota a nuestros perros no es, en general, la mejor forma de jugar con ellos, más aún si lo que queremos conseguir es que, nuestro compañero, esté mas calmado y tranquilo… Si además, vemos indicios de que a nuestro perro le está pasando algo parecido a lo que le pasa a Junkie (para los despistados, se trata de una historia ficticia, basada en muchos casos reales), deberíamos ir pensando en eliminar ese juego de sus rutinas (o, al menos, dosificarlo) y sustituirlo por juegos de olfato, inteligencia u otro tipo de juegos que le ayuden a estar más tranquilo…

Bahía, la perrita de la foto de abajo, sigue esperando encontrar un hogar definitivo. Si quieres darle la oportunidad que se merece, puedes ponerte en contacto con Hoope.org:

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